viernes, 11 de febrero de 2011

Todo lo que uno hace en la vida...

Desde Rosario (Argentina 2 - Portugal 1), Udi 414 nos envía este relato que, seguro, será o no será del agrado de nuestros lectores. Una cuestión de gustos, dirán los necios. Con ellos coincidomos. Los gustos son como los culos: cada cual tiene el suyo; ahora, vete a mirar culos, a ver si todos valen lo mismo. "Todo lo que uno hace en la vida", desde nuestro inmodesto parecer, juega boley playa femenino (Brasil 3- Argentina 0).

Envío que mucho agradecemos en 0ºC. NandoNan está encantado. La señora Hudson no tanto porque opina que se empieza invitando a autores de Rosario a tomar el té y se acaba poniendo en duda la infalibilidad del Monarca Cabeza de la Iglesia Anglicana.

Ya veremos. 







©Udi, rosario, jun-2001, jun-2002

A fines de los sesentas en el mundo pasaban muchas cosas que en aquel momento parecían importantes: Mayo francés, Invasión a Checoeslovaquia, Cordobazo, el hombre en la Luna.

Era la época en que los padres comenzaban a dialogar con sus hijos, por lo general para decirles que existían circunstancias en la vida de los adultos que los chicos no estábamos en condiciones de comprender, y que ya nos llegaría el momento, y que ojalá que para nosotros fuera más fácil que lo que fue para ellos. Esa fórmula gozaba de la incomparable ventaja de poder ser aplicada a cualquier cuestión, además de enviar el asunto hacia esa nebulosa zona del más allá temporal llamada “adultez”; qué - sospechábamos - acabaría por adulterar en nosotros todo resto de autenticidad, si bien los chicos también pueden ser flor de hipócritas.
Durante un tiempo recelamos de la buena voluntad de nuestros padres a decirnos alguna terrible verdad, hasta quizá barruntamos que ellos no tenían la respuesta, pero esta preocupación duró poco; enseguida nos dominó el terror - que aún subsiste - de no poder averiguar por nuestros propios medios las soluciones.

Lamentablemente, para cuando comenzamos a comprender que la reticencia paterna era una mezcla de mala voluntad, ignorancia, desidia y miedo, ya era demasiado tarde como para que nos importe. Muy posiblemente, de importarnos veríamos ampliamente crecidos los índices de parricidio, tal vez en proporciones semejantes a los del filicidio. Es que resulta muy difícil condenar a alguien por un delito que uno mismo está cometiendo todos los días.
Eran aquellos los días “...felices e indocumentados”. La indocumentación - sugiero - debe ser el estado ideal del individuo, cuando la vida aún no nos ha marcado, ni hemos dejado huella de nuestro paso por ella.

Añoro hermosas carencias: licencia de conductor, por ejemplo, no poseerlo me ahorraba ir cada tanto a renovarlo, y demostrarle a algún aburrido burócrata que uno es lo suficientemente estúpido como para desear meterse entre millares de idiotas que lo único que desean es llegar antes a alguna parte, para lo que compran automóviles cada vez más equipados y confortables, que les provocan el anhelo de volver a conducirlos, para ir a otra parte, que...Bueno, tampoco tenía un certificado analítico de estudios en regla, ni libreta universitaria, ni sanitaria, ni cuenta corriente con autorización de giro en descubierto. Para concluir: no tenía, en aquellos tiempos felices, que pasar por el bochorno de haber olvidado el documento de identidad en alguna dependencia oficial, simplemente carecíamos de él.

En esos años los ritmos eran distintos, una persona podía creer en algo y ser simultáneamente inteligente, categorías hoy en día incompatibles, si las hay.

En ciertos ámbitos, incluso, era muy mal visto no ejercer un desprecio militante hacia quién inocentemente supusiera que que el compromiso con la fé, con cualquier fé, podía postergarse en aras de alguna vocacional independencia de criterio. eran los tiempos de “arremangarse”. Como es de suponer tales métodos entrañaban ciertos riesgos, pero nadie podía impunemente renunciar a ellos, el grado de compromiso era el parámetro universal de evaluación: intelectual, moral, y también afectivo-sexual.
En aquellos años, en fin, la libertad era el bien supremo, pero su ejercicio debía ser acotado por la responsabilidad y la solidaridad, que otros se encargarían ya de señalarnos, de manera que pudiésemos ser responsables, solidarios, y libres...Nadie veía contradicción en esto.


(Seguir leyendo...)





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