lunes, 7 de febrero de 2011

Premios literarios... no me digas


Si alguna vez las editoriales, las administraciones públicas, cajas de ahorros y demás panales de rica miel tuvieran que responder ante una demanda colectiva por estafa, se verían en un apuro. Si cada iluso que ha enviado un manuscrito a un certamen literario patrocinado por esta peña (con su seudónimo y su plica, sus dos copias mecanografiadas por una sola cara, debidamente encuadernadas, etcétera ya hombre...), les reclamase el gasto en fotocopias y tarifas postales; habida cuenta de que dichos certámenes eran y son tan fraudulentos como un billete de quince euros, la indemnización sería de piedras tomar. Las entidades públicas, ayuntamientos, diputaciones, centros culturales, fundaciones y demás yemas del mecenazgo oficial entendido como "mis amigos son mis amigos y los demás unos pringados", tendrían además que responder por numerosos delitos de malversación de caudales públicos. En algunos señalados casos, por prevaricación.

Únase además la utilización del servicio postal para conseguir los fines maquinados, circunstancia que en algunos países es un agravante muy pero que muy agravante. En los Estados Unidos, extiendes un cheque sin fondos y te caen dos meses. Envías el mismo cheque por correo y el fiscal te pide siete años.

Ah... la dimensión penal de los premios literarios, un tema que a NandoNan y a mí nos apasiona. "Las editoriales pueden hacer lo que quieran con su dinero", dicen algunos bienintencionados. "Todos sabemos que premios como el Planeta, el Nadal, el Alfaguara, el Primavera y otros semejantes son operaciones comerciales cuyo ganador está apalabrado y pactado de antemano, y el que se presenta es porque quiere, sabiendo lo que hay".

Eso dicen.

Lo que nadie dice (porque sería el no va más de la cara dura), es que estos premios (no le pongo comillas a la palabra premios porque me jode subrayar lo evidente, así que os arregláis con una humilde cursiva), no están concebidos para engañar a los autores, sino a los lectores. Al gran público. O sea, a la gente que no tiene ni puta idea de libros ni de literatura. Los que consideran que la mejor novela del año, en idioma español, es el Planeta; y que las mil mejores poesías en lengua castellana se encuentran compendiadas, con preciso criterio, en el referido tocho de idéntico nombre.

A esa gente es a la que se toma el pelo. Se la engaña con alevosía. Se la estafa. Les presentan una patata de novela para que la regalen a los amigos en navidad y les argumentan: "Debe ser buenísima, porque al autor le han dado nosécuantos millones de premio". Y para colmo de recochineo en el timo de la novelita, siempre, dos o tres días antes de que se haga público el ganador de uno de estos pufos, comparece el portavoz del jurado, generalmente un carcamal con pintas académicas, agusanado por la indignidad y comprado por tres duros y un par de cenas, el cual, muy serio, sin que se le note para nada el paripé que está haciendo ni le asome la risa floja, legitima el gatazo con un discurso que debe de ir heredándose de abuelos a bisabuelos desde hace un siglo: "La participación ha sido muy elevada... hemos recibido manuscritos de cuarenta y dos países... el nivel literario de las novelas finalistas es excelente..." y unos cuantos blablablás más sabidos que el chumino de Lucía Lapiedra.

Y sigue la fiesta sin que nadie diga pío. El delito de lesa cultura, que en cualquier país normal del mundo civilizado sería delito de lesa patria.

Pero tranquilos que esto es España. Aquí nadie va a protestar en serio por esta merendola y, por supuesto, no hay un despacho de abogados como esos de las pelis americanas y las novelas de John Grishan, dispuesto a meter un pleito histórico y pedir responsabilidades a los estraperlistas intocables del mercado de abastos.

Los autores los odian, pero les besan el culo porque cualquier día puede que les caiga el chollo (con eso sueñan, angelitos).

Las agencias literarias los odian pero les besan el culo porque cualquier día puede que les caiga el chollo (con eso hacen cuentas las agentas, y las agentas no saben la o por lo redondo si hablamos de literatura, pero de cuentas saben mucho).

Los editores pequeños los odian pero les besan el culo porque cualquier día les compran su chiringuito, los incorporan a su grupo y les resuelven la vida (eso les gustaría, aspirantes a la mangancia en plan fino - fino de lo más fino).

Los libreros los odian porque les inundan la tienda de basura editorial, las aborrecidas "novedades"; pero les besan el culo porque sin esa basura no comerían, o tendrían que quitarse de la costumbre de ir de putas, afición muy extendida en el gremio, por cierto.

Todos los odiamos, pero todos les besamos el culo.

Lo dicho, hace falta un Boby Earl dispuesto a meterles un pleito de mil pares de cojones, promovido por los desconsolados padres de un escritor joven que agarró una terrible depresión y acabó suicidándose después de quedar finalista en uno de esos tinglados; el pobre acudió invitado a la cena de gala en la que se entregaba el premio, lleno de ilusión, convencido de la objetividad y honestidad del jurado... y se quedó con cara de gilipollas cuando vio que el dorado lauro se lo regalaban, por la cara, a un famoso putón, profesora de Operación Triunfo a más señas. No penséis mal: no era la profesora de francés. Porque si llega a saber francés de verdad, seguro que el premio se lo habrían dado en La Martinica.

Lo dicho porque ya lo había dicho antes: esto es España, amigos. Abogados y gente con gana de bulla, hay. Lo que no hay son cojones para liarla.

¿Qué os creíais?

En el siguiente post, ya palabra que sí, os cuento cómo me hice con un par de esos premios; o sea: cómo me convertí en cómplice. Por lo claro, en uno más entre tantos delincuentes.


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