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martes, 8 de febrero de 2011

La senda del perdedor



Total, a lo que iba. Cómo gané mi primer premio literario.

NandoNan, crisol de virtudes y un poco mastuerzo, dice que los escritores somos la hostia, que si no conseguimos alguna vez en la vida que nos coloquen laureles en la coronilla, no morimos felices. Yo le insisto en que feliz, lo que se dice feliz, no muere nadie; ni que lleve laureles ni que lleve cuernos. Pero él, ni caso. Nandodemisangustias, ya lo sabéis, es más de cine. En las películas, la muerte siempre tiene algo de sublime aunque el fiambre sea el malo. Hay que saber filmar una buena muerte, y eso da categoría. En las novelas es otra cosa. Llega el protagonista, pregunta a la chica qué fue de su padre, el viejo y entrañable profesor de ciencias naturales del instituto, y ella responde:

-Falleció hace dos años, de fiebres camboyanas.

-Oh... no lo sabía. Lo siento.

Y asunto finito. En una novela, te cargas a un tío en dos líneas. En una película necesitas un guionista que redacte siete secuencias, un actor, un decorado, unos efectos especiales, una iluminación, una dirección artística, un maquillaje, una música... vale, vale, para de una vez, tío coñazo. Ya sabemos que para montar la batalla de Waterloo, en una novela, bastan un boli y cuatro folios; en el cine, como no tengas un boli, cuatro folios y doce o veintiséis millones de euros, los llevas crudo.

O sea, que vale.

Mira tú, he empezado a hablar de cómo gané mi primer premio literario (bueno, aún no he empezado), y se me lió la neuronal con asuntos de la muerte. Curiosa coincidencia, Holmes. Lo más seguro es que, en lo más recóndito de mi ser, tenga asociados los premios literarios con la muerte del novelista.

Yo palmé de la siguiente manera.

Era un premio más blando que el agua (que el agua blanda), y era más fresco que el río, oh... naranjo en flor. Daban un pastón impresionante al ganador. Y se dio  aquel año la circunstancia, feliz para mí, infausta para los demás finalistas, de que el preboste mandamás de la entidad convocante estaba cansado de novelas "sin compromiso". Eso decía el menda: sin compromiso. Anotad, que es interesante: cuando uno afloja la lana en una sarao de estos, espera que las obras galardonadas respondan a sus filias ideológicas (con perdón) y sus expectativas políticas. En mi caso, debían expresar compromiso. Con las ballenas perseguidas en los océanos, con los rehenes de las FARC, con las vendedoras de churros de Soria o con los monaguillos sexualmente acosados en el Vaticano... con lo que fuera. Compromiso.

Resultó asimismo que mi novela, según criterio de algunos lectores en la fase de preselección, era... escucha esto, que te mondas, NandoNan, y oído al parche, Holmes y Watson... era la más comprometida de todas. Toma ya. La que más, palabra. Y así se lo contaron al preboste mandamás que pagaba el dispendio. El preboste, como es natural, no había leído mi novela ni ninguna novela en su puta vida, pero se lo contaron, que es mejor, como más efectivo. Le dijeron: la novela de don 0ºC es la más comprometida de todas las que se han presentado a nuestro prestigioso galardón. Y ya todo fue un camino de rosas.

Consecuencia: un panfleto infumable, escrito a una edad temeraria, con un estilo simiescamente remedador de los grandes de la novela negra americana, pero eso sí, en plan cutre hispánico... en fin, para qué vamos a darle más vueltas: un bodrio de manuscrito. Ganó. Gané. Perdí.

El jurado, por mayoría de 5-1, había elegido otra novela que no era un panfleto ni imitaba a los cracks de la serie negra made in Usa ni era un bodrio. Pero el 1 minoritario, enfrentado a los otros 5, fue corre que es tarde en busca de la ayuda definitiva. Se coló en el despacho del preboste mandamás y le chivó que los otros, díscolos, pensaban proclamar ganadora una novela que no sólo era mucho menos comprometida que la mía sino que, para mayor preocupación, sospechaba que no era comprometida en absoluto. El preboste mandamás irrumpió en el despacho donde deliberaba el jurado, puso los güevos encima de la mesa y les recordó dos cosas importantísimas: quién pagaba el hotel, el champagne y las fulanas, y quién era allí el único gallo que cantaba.

Compré piso. Con la pasta del premio. Un piso modesto, no creáis.



Meses después, vi la novela finalista (la que era poco comprometida o nada comprometida), en el escaparate de una librería. La compré y la leí con ganas. Al principio también con displicencia ("finalista... bah"). Después con pavor. Aquello era una novela. Lo mío, un montón de folios comprometidos con un montón de cosas, con muchísimas cosas menos con una que, hasta ese entonces, me había mantenido aproximadamente vinculado a la decencia: la literatura.

Desde entonces (y han pasado unos añitos), vivo de alquiler en este mundo de grandes compromisos. Con piso propio, cierto. Pero de alquiler en cuanto salgo a la calle, intento alzar la vista y distingo los horizontes medio cadáveres de todos mis compromisos.

¿No se os da pena de mí?

A NandoNan, ninguna.

Nandito es un mamón implacable. Un malo de cine.

lunes, 7 de febrero de 2011

Premios literarios... no me digas


Si alguna vez las editoriales, las administraciones públicas, cajas de ahorros y demás panales de rica miel tuvieran que responder ante una demanda colectiva por estafa, se verían en un apuro. Si cada iluso que ha enviado un manuscrito a un certamen literario patrocinado por esta peña (con su seudónimo y su plica, sus dos copias mecanografiadas por una sola cara, debidamente encuadernadas, etcétera ya hombre...), les reclamase el gasto en fotocopias y tarifas postales; habida cuenta de que dichos certámenes eran y son tan fraudulentos como un billete de quince euros, la indemnización sería de piedras tomar. Las entidades públicas, ayuntamientos, diputaciones, centros culturales, fundaciones y demás yemas del mecenazgo oficial entendido como "mis amigos son mis amigos y los demás unos pringados", tendrían además que responder por numerosos delitos de malversación de caudales públicos. En algunos señalados casos, por prevaricación.

Únase además la utilización del servicio postal para conseguir los fines maquinados, circunstancia que en algunos países es un agravante muy pero que muy agravante. En los Estados Unidos, extiendes un cheque sin fondos y te caen dos meses. Envías el mismo cheque por correo y el fiscal te pide siete años.

Ah... la dimensión penal de los premios literarios, un tema que a NandoNan y a mí nos apasiona. "Las editoriales pueden hacer lo que quieran con su dinero", dicen algunos bienintencionados. "Todos sabemos que premios como el Planeta, el Nadal, el Alfaguara, el Primavera y otros semejantes son operaciones comerciales cuyo ganador está apalabrado y pactado de antemano, y el que se presenta es porque quiere, sabiendo lo que hay".

Eso dicen.

Lo que nadie dice (porque sería el no va más de la cara dura), es que estos premios (no le pongo comillas a la palabra premios porque me jode subrayar lo evidente, así que os arregláis con una humilde cursiva), no están concebidos para engañar a los autores, sino a los lectores. Al gran público. O sea, a la gente que no tiene ni puta idea de libros ni de literatura. Los que consideran que la mejor novela del año, en idioma español, es el Planeta; y que las mil mejores poesías en lengua castellana se encuentran compendiadas, con preciso criterio, en el referido tocho de idéntico nombre.

A esa gente es a la que se toma el pelo. Se la engaña con alevosía. Se la estafa. Les presentan una patata de novela para que la regalen a los amigos en navidad y les argumentan: "Debe ser buenísima, porque al autor le han dado nosécuantos millones de premio". Y para colmo de recochineo en el timo de la novelita, siempre, dos o tres días antes de que se haga público el ganador de uno de estos pufos, comparece el portavoz del jurado, generalmente un carcamal con pintas académicas, agusanado por la indignidad y comprado por tres duros y un par de cenas, el cual, muy serio, sin que se le note para nada el paripé que está haciendo ni le asome la risa floja, legitima el gatazo con un discurso que debe de ir heredándose de abuelos a bisabuelos desde hace un siglo: "La participación ha sido muy elevada... hemos recibido manuscritos de cuarenta y dos países... el nivel literario de las novelas finalistas es excelente..." y unos cuantos blablablás más sabidos que el chumino de Lucía Lapiedra.

Y sigue la fiesta sin que nadie diga pío. El delito de lesa cultura, que en cualquier país normal del mundo civilizado sería delito de lesa patria.

Pero tranquilos que esto es España. Aquí nadie va a protestar en serio por esta merendola y, por supuesto, no hay un despacho de abogados como esos de las pelis americanas y las novelas de John Grishan, dispuesto a meter un pleito histórico y pedir responsabilidades a los estraperlistas intocables del mercado de abastos.

Los autores los odian, pero les besan el culo porque cualquier día puede que les caiga el chollo (con eso sueñan, angelitos).

Las agencias literarias los odian pero les besan el culo porque cualquier día puede que les caiga el chollo (con eso hacen cuentas las agentas, y las agentas no saben la o por lo redondo si hablamos de literatura, pero de cuentas saben mucho).

Los editores pequeños los odian pero les besan el culo porque cualquier día les compran su chiringuito, los incorporan a su grupo y les resuelven la vida (eso les gustaría, aspirantes a la mangancia en plan fino - fino de lo más fino).

Los libreros los odian porque les inundan la tienda de basura editorial, las aborrecidas "novedades"; pero les besan el culo porque sin esa basura no comerían, o tendrían que quitarse de la costumbre de ir de putas, afición muy extendida en el gremio, por cierto.

Todos los odiamos, pero todos les besamos el culo.

Lo dicho, hace falta un Boby Earl dispuesto a meterles un pleito de mil pares de cojones, promovido por los desconsolados padres de un escritor joven que agarró una terrible depresión y acabó suicidándose después de quedar finalista en uno de esos tinglados; el pobre acudió invitado a la cena de gala en la que se entregaba el premio, lleno de ilusión, convencido de la objetividad y honestidad del jurado... y se quedó con cara de gilipollas cuando vio que el dorado lauro se lo regalaban, por la cara, a un famoso putón, profesora de Operación Triunfo a más señas. No penséis mal: no era la profesora de francés. Porque si llega a saber francés de verdad, seguro que el premio se lo habrían dado en La Martinica.

Lo dicho porque ya lo había dicho antes: esto es España, amigos. Abogados y gente con gana de bulla, hay. Lo que no hay son cojones para liarla.

¿Qué os creíais?

En el siguiente post, ya palabra que sí, os cuento cómo me hice con un par de esos premios; o sea: cómo me convertí en cómplice. Por lo claro, en uno más entre tantos delincuentes.